Un inimaginable bien social

Ganar en la prórroga el partido de “la buena muerte” (eu-thanatos): un inimaginable bien social

Dos noticias recientes avocan a acometer este propósito con urgencia. El 10 de septiembre el pleno del Congreso de los Diputados rechazó las enmiendas a la totalidad de PP y Vox a la proposición de Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE). El 22 de septiembre el Vaticano presentó la carta Samaritanus Bonus (El Buen Samaritano; puedes descargarla en: https://opusdei.org/es-es/article/samaritanus-bonus-eutanasia-cuidados-paliativos/), un documento sobre el cuidado de personas en las fases críticas y terminales de la vida.

La tramitación de la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE) fue aprobada el 12 de febrero del 2020. La crisis del COVID-19 ha retrasado los plazos, ya que el Gobierno deseaba sacar la ley en junio. Va con demora, pero a menos que se produzca un “milagro” la aprobación es cuestión de pocos meses. Por tanto, estamos ante una emergencia que no puede dejarnos indiferentes. Ninguna persona con espíritu cristiano o, al menos, con un mínimo de conciencia social, puede quedarse en banquillo. Esta prórroga del partido de “la buena muerte” (eso significa eutanasia en griego) hemos de jugarla… y ganarla por el bien de nuestro país y del mundo. En Portugal se ha aprobado a trámite proyectos similares al mismo tiempo que en España. Y la presión mediática y política en otros países es cada vez más fuerte.

La charla pretende tres objetivos: dar a conocer el documento del Vaticano para motivar una posterior lectura personal; establecer un diálogo con aquellos que están a favor de legislar sobre la eutanasia para reflexionar juntos sobre un asunto clave para el futuro de la humanidad; presentar la solución que la ciencia médica actual ofrece: los cuidados paliativos.

Sin olvidar que no estamos solos, Dios está con nosotros. Confiemos en su divina Misericordia, que pone límites al mal que provocamos y es fuente segura de nuestra esperanza. Acudamos a María, madre de la Misericordia y de la Esperanza, pidiéndole que interceda ante Jesús para que nos conceda esta gracia, que venza la cultura de la vida frente a la de la muerte. Octubre es el mes del Rosario. “No hay problema por más difícil que sea: sea temporal y, sobre todo, espiritual; sea que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros o a la vida de nuestras familias, del mundo o comunidades religiosas, o a la vida de los pueblos y naciones; no hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario” (palabras de Sor Lucia, vidente de Fátima). Con esta confianza lo rezamos.

 

Tres observaciones previas

 

Actualmente está legalizada la eutanasia y el suicidio asistido en Holanda (2001), Bélgica (2002), Luxemburgo (2009), Colombia (2015) y Canadá (2016). Además, el suicidio asistido está legalizado en Suiza, Alemania, Japón, en algunos estados de EE. UU. (Oregón, Whashington, Vermont, Colorado, Montana y California) y en uno de Australia (Victoria). Tenemos referencias valiosas sobre lo qué ha pasado en esos países. Sería una pena no conocerlos, o peor aún, esconderlos. Ese caso manifestaría una intención torticera, que dañaría el debate. No tratamos solo de ideas y teorías, ya que disponemos de historias reales que han sido contadas como aviso a navegantes. Se dice que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Pues va a ser que sí…

En el debate, se presenta a los partidos de “izquierda” como los defensores de la eutanasia; aunque no siempre es así: el partido Comunista luso ha votado en contra y defiende la alternativa de los cuidados paliativos; se acusa a la Iglesia de bestia negra por negar el derecho individual de elegir cómo morir y cuándo. Lo dicho no extraña. Lo que llama la atención es el hecho que se silencie el rechazo mayoritario de los profesionales de la medicina. En la declaración aprobada en la 70ª Asamblea General de la World Medical Association (Tbilisi, Georgia) en octubre 2019, se recoge: “la eutanasia, es decir, el acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente, aunque sea por voluntad propia o a petición de sus familiares, es contraria a la ética”. La asociación más grande de EE. UU., la American Medical Association, reiteró en junio de 2019 la oposición de los médicos a la eutanasia, “imposible de controlar y un riesgo para la sociedad”. Es lo que las encuestas en ese país ponen de manifiesto. Y entre los médicos, los más reacios son los especialistas en cuidados paliativos y los oncólogos, aquellos que más presencian la muerte de sus pacientes y más peticiones de eutanasia reciben. También la Organización Mundial de la Salud (OMS) postula que “con el desarrollo de métodos modernos de tratamiento paliativo, no es necesaria la legalización de la eutanasia”.

Y la tercera observación es sobre lo que dicen las encuestas. El desconocimiento del público sobre estos temas es grande. Según se formule la pregunta, la respuesta podrá verse comprometida. Supongamos que la pregunta es: <Si fuese un enfermo terminal, ¿preferiría recibir tratamiento para eliminar el dolor o que un médico diese fin a su vida?>. ¿Cuántos desearían la eutanasia?

 

¿Cómo enfrentarse al sufrimiento insoportable?

 

“Cada año unas 4,5 millones de personas mueren en Europa con un gran sufrimiento derivado de la enfermedad, de los cuales 140.000 son niños” (según el Atlas de Cuidados Paliativos en Europa 2019, del ‘Programa ATLANTES’ del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra). Es una verdad incuestionable: hay enfermos que sufren tanto que desean la muerte. Y aunque no lo digan, ¿es piadoso dejarles sufrir sin poner remedio, no hacer todo lo posible para librarles de ello? Los movimientos pro-eutanasia han mostrado algunas de estas emotivas historias de personas sufrientes, que ocupaban las portadas de los medios, para conmover la conciencia social y abrir camino a su causa. Es bueno y necesario conmoverse ante el sufrimiento: “El sufrimiento no tiene ideología” (María Luisa Carcedo, ponente socialista de la LORE). En eso estamos de acuerdo, también la Iglesia: “No es una opción posible vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede “a un costado de la vida”. Esto nos debe indignar, hasta hacernos bajar de nuestra serenidad para alterarnos por el sufrimiento humano. Eso es dignidad” (Francisco enc. Fratelli tutti n. 68). Y es un progreso de la humanidad investigar medidas que atenúen el sufrimiento lo más posible, liberando al enfermo de esa desesperación suicida. ¿Se ha llegado a alguna solución médica eficaz?

 

La única alternativa: los cuidados paliativos

 

Cicely Saunders fue la pionera de esta práctica médica, cuando fundó el St Christopher’s Hospice en Londres, en 1967, con el objetivo de enfrentarse al sufrimiento “total” del enfermo terminal o crónico. La medicina paliativa es el “cuidado total activo de los pacientes cuya enfermedad no responde a tratamiento curativo. El control del dolor y de otros síntomas y de problemas psicológicos, sociales y espirituales es primordial” (OMS). Esa atención incluye al enfermo, a sus familiares y cuidadores. E implica un equipo interdisciplinario, integrado por médicos, psicólogos, enfermeras, asistentes sociales, terapeutas ocupacionales y representantes de la pastoral, y voluntarios, especializados en estos enfermos. En estas cinco décadas de desarrollo, ha quedado probada su eficacia en más de 100 países. Para presentarlos, acudo al Dr. Marcos Gómez Sancho, referencia mundial de la medicina paliativa, ex presidente de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (entrevista de marzo 2018, puedes verla en: https://odresnuevos.es/2020/02/24/paliativos-salvados/). Son 10 minutos, intensos, que aportan luz clara al debate. La medicina paliativa es eficaz. Aliviar el dolor con los medicamentos disponibles es “hasta cierto punto sencillo”, lo “más difícil” es combatir el deterioro físico, el cansancio, la carga emocional, todos los síntomas que provocan malestar y el componente existencial, tanto de los pacientes como de sus familiares, declara el Dr. Carlos Centeno (director de Medicina Paliativa de la Clínica Universidad de Navarra). Los estudios registran que menos del 1% de los enfermos que son tratados en unidades de paliativos persisten en solicitar morir. Es el caso de Ester, con 55 años y un cáncer incurable. “Solamente sé que la desesperación era absoluta. Yo en ese momento si la eutanasia hubiese existido hubiese pedido que me matasen. Pedía cuchillas, pastillas, de todo, porque yo no podía vivir, no es que no quisiese, porque yo soy una persona vital que quiere vivir hasta el último momento, es que era imposible vivir con ese dolor”. El control de su dolor, el apoyo de su familia y los cuidados integrales que recibe a diario en el Hospital de cuidados Laguna (Madrid) le han devuelto la esperanza y todo porque, según explica a COPE, “cuando te cuidan adecuadamente te das cuenta de que tú no querías en realidad morir, lo que querías, es no sufrir” (Una historia relatada por Carmen Labayen en COPE: https://opusdei.org/es-es/article/cuidados-paliativos-hospital-laguna-cope/).

¿Qué pasa en nuestro país? Según “el Atlas de Cuidados Paliativos en Europa 2019”, España ocupa el 7º lugar de los 51 países estudiados por cifra total de unidades de servicios paliativos. Pero por la ratio por población (0,6 por 100.000 habitantes), bajamos al puesto 31 (la media europea está en 0,8; estamos al mismo nivel que naciones con menor PIB per cápita como Rumanía, Letonia o la República Checa, y por debajo de Portugal, Croacia, Eslovenia o Bulgaria). “Nos hemos estancado en los últimos ocho años mientras los países de nuestro entorno han ido progresando y en algunas comunidades incluso hay menos servicios que antes”, advierte Dr. Centeno. Cada año mueren alrededor de 80.000 españoles sin acceder a cuidados paliativos. Esta es una realidad sangrante. Es comprensible que algunos en su desesperación pidan morir. Pero matar al que sufre, no es una solución médica, sino mitigar su sufrimiento. Ni retrasar ni adelantar artificialmente la muerte, sino acompañar para bien morir. Para matar no se necesita ciencia, para aliviar los síntomas, sí. La medicina paliativa es la única solución, científica y humanizada, de una sociedad civilizada del siglo XXI. Lo progresista, lo que necesitamos, es que el Estado dedique recursos y personas a desarrollar una red de paliativos que progresivamente cubra las necesidades del país. Una demanda razonable, que no admite retraso, porque cada año serán más los enfermos desatendidos.

 

La eutanasia, ¿realmente es un progreso?

 

Remontémonos a la Antigua Grecia, al siglo IV a.C., Hipócrates (427-347 a.C.), para muchos el padre de la medicina, convirtió la medicina en una profesión, basada en los estudios clínicos. A él se debe el juramento hipocrático, al que sus alumnos se comprometían al comienzo de su instrucción. En el texto, que nos ha llegado por Galeno, griego que ejerció la medicina en Roma en el siglo II, se recoge: “estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia. No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, pesarios abortivos ni sugeriré a nadie cosa semejante. Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza…”. Esta práctica médica fue un gran progreso para la humanidad. En esa misma época, Platón (427-347 a.C.) recomendaba a los gobernantes: “establecerás en el estado una disciplina y una jurisprudencia que se limite a cuidar de los ciudadanos sanos de cuerpo y alma; se dejará morir a quienes no sean sanos de cuerpo” (La República III). Como vemos, con Hipócrates la práctica médica fue contracorriente, comprometiéndose a no provocar la muerte intencionalmente ni bajo ningún supuesto. Con la expansión del cristianismo se reforzó, obedeciendo al mandato divino de “No matarás al inocente” (Éxodo 23, 7) revelado a Moisés, y al mandamiento nuevo de la caridad promulgado por Cristo.

La 2ª Asamblea General de la Asociación Médica Mundial en 1948, en Ginebra (Suiza), a raíz de los horrores de los crímenes médicos cometidos en la Alemania Nazi, revisó y actualizó el juramento hipocrático. ¿Por qué ahora se quiere orillar? ¿Por qué deshumanizar la medicina, el arte de curar, si es posible, y siempre de cuidar? Además, la eutanasia trae un frenazo al progreso del estudio médico, no solo de la medicina paliativa, a la que suplanta, sino de diversas enfermedades ligadas a la ancianidad, a la degeneración cerebral, etc. Justo lo que necesita nuestro tiempo, en que la esperanza de vida crece (en España: 80,87 hombres, 86,22 mujeres). Christopher de Bellaigue, enviado de The Guardian a Holanda, en un extenso artículo (18.01.2019) explicaba que la eutanasia es un servicio sanitario básico cubierto por la prima mensual que cada ciudadano paga a su aseguradora. Y se ha convertido en un negocio muy lucrativo. Las compañías de seguros pagan 3.000 € por una inyección letal, “evidentemente, prefieren pagar una cifra una tantum por matar a alguien, y no gastar una enorme cantidad de dinero en mantenerla, necesitada e improductiva, viva en una residencia”. ¿Para qué invertir en investigación si la eutanasia ofrece una “solución” más rápida, barata y definitiva al problema del sufrimiento?

 

Dos efectos perversos de la eutanasia: un golpe de gracia a la confianza del enfermo en el sistema sanitario y a la vocación médica

 

El respeto al juramento hipocrático, manifiesta la vocación del médico: “en el momento de ser admitido entre los miembros de la profesión médica, me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la humanidad (…) Desempeñaré mi arte con conciencia y dignidad. La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones (…) Tendré absoluto respeto por la vida humana. Aun bajo amenazas, no admitiré utilizar mis conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad” (versión de 1948). Este compromiso pertenece a la misma esencia de la Medicina y ha afianzado la confianza del enfermo durante siglos. La eutanasia lo traiciona; no aplica remedios ni para sanar ni para cuidar, sino para acabar con el problema y con quien lo padece. Alegar que la eutanasia no es un acto médico no parece una conclusión arriesgada.

La congregación religiosa de los Hermanos de la Caridad (fundada en Gante en 1807 por el sacerdote Petrus Jozef Triest) fue pionera de la atención a los enfermos mentales en Bélgica. Ante la situación penosa de estos enfermos en los manicomios, en 1815 comenzó a abrir hospitales para ellos. Hoy tiene 15 hospitales, donde aporta el 60% de las camas psiquiátricas de Bélgica. En 2017, el consejo de administración de la entidad gestora aprobó aplicar la eutanasia. El detonante fue una multa impuesta a una residencia de ancianos católica en Flandes por haber rehusado la eutanasia a un residente de 74 años, enfermo de cáncer. A raíz de esta decisión, la autoridad central de la congregación de los Hermanos de la Caridad investigó, se manifestó en contra y reclamó al consejo que revocara la decisión. Este se negó. Stockman, Superior General, refiere lo que le sucedió en un viaje a Bélgica poco antes. “Vinieron a verme enfermeros con mensajes de pacientes que preguntaban si seguían estando seguros en nuestros centros” (ref Aceprensa 11.05.20). Es un ejemplo entre muchos de lo que está sucediendo en Holanda y Bélgica. Los enfermos no se fían del sistema sanitario ni de los médicos; de hecho, en Alemania, en la frontera con estos países, han proliferado hospitales geriátricos. Por algo será…

La eutanasia se vuelve contra el médico que la práctica. Ponte en su lugar, ¿no te verías afectado emocional y psicológicamente? Por otra, se constata una realidad: cuando se cruza esa línea roja, algo se rompe en el interior de la persona, se descalcifica su humanidad. No es una opinión, basta asomarse a la realidad. Lo hizo Hebert Hendin (catedrático de psiquiatría en el New York Medical Collegue y director médico de Suicide Prevention International; encontramos su “estancia” en Holanda en su libro “Seducidos por la muerte” (Planeta)). Escribía: “Casi la cuarta parte de los médicos admiten haber acabado con la vida de enfermos que no les habían dado su consentimiento, lo que, al menos en teoría, es ilegal en Holanda como en cualquier otra parte” (página 28). Se basaba en el informe Remmelink (fiscal general del Tribunal Supremo holandés), publicado en 1991 (en los ochenta fue despenalizada la eutanasia pág 79). Por desgracia, este porcentaje ha crecido y se acerca al 50%. En Bélgica, están en similar situación, como mostró un informe del Canadian Medical Association Journal: 120 enfermeras belgas de 248 encuestadas (48%) admitieron haber aplicado la eutanasia sin petición del paciente.

 

La legalización, un riesgo para los más vulnerables y conformadora de una sociedad insolidaria

 

Pensemos en las personas que podrían pedir la eutanasia en un estado en el que está legalizada. Uno de los padres de la eutanasia en Holanda, Boudewijn Chabot, psiquiatra y profesor (en 1991 fue procesado por asistir el suicidio de una mujer de 50 años completamente sana que decía sufrir “angustia existencial” tras haber perdido a dos hijos, uno por suicidio y otro por cáncer) nos situa. En el diario NRC Handelsblad (Junio.2016) manifestaba: “estoy preocupado por la velocidad a la que se lleva a cabo la eutanasia en pacientes psiquiátricos y con demencia”. Da el dato: “de 12 dementes en 2009 a 141 en 2016, y en pacientes psiquiátricos crónicos, de 0 a 60”. E incluso cuenta algún caso de personas dementes que no quieren morir y que son drogados y sedados por médicos y sus familiares. No son solo pacientes con dolores insufribles y sin remedio, en fase terminal, basta sufrir de un modo subjetivamente “insoportable” de cualquier malestar, por ejemplo, una fuerte depresión; no son solo mayores de edad, ahora se ha ampliado a los niños. El denominador común es la vulnerabilidad. Los más débiles, a menos que cuenten con recursos para tratarse fuera del país o con una familia que vele por ellos, están en riesgo.

¿Qué tipo de sociedad conforma? Willem Lemmens, profesor de Filosofía y Ética Moderna de la Universidad de Amberes (Bélgica) nos orienta. En una entrevista en el portal Crux en 2016, aseguraba que el clima moral en Bélgica ha cambiado drásticamente. Tras su legalización en el 2002, la visión de la eutanasia como un “derecho fundamental” y de la muerte como una “solución terapéutica” han adquirido más aceptación entre la gente. “La eutanasia es sacralizada, por así decirlo, y cada crítica es considerada inhumana, inmoral”, señala. Recuerda que “los psiquiatras a menudo son presionados para “otorgar” la eutanasia, a veces incluso por la familia del paciente”. Poco a poco, junto al derecho a “disponer de uno mismo” se cuela el derecho a “disponer del otro”. Carine Brochier, directora del Instituto Europeo de Bioética, subraya cómo la legalización de la eutanasia ha terminado por normalizarla hasta suprimir la inicial oposición a la ley: Bélgica no quiere abolir la eutanasia, a la que ya nadie se opone, ni siquiera el partido democristiano; es una demostración del enorme impacto de la legalización sobre la mentalidad de la sociedad. La cultura del descarte adquiere carta de ciudadanía, cada vez más insolidaria con el que sufre. Por otra, admitir la muerte como un proyecto vital disminuye el nivel de tolerancia al sufrimiento, a depender de cuidados y a la vulnerabilidad.

Esa mentalidad eutanásica transmite un mensaje social muy peligroso a los pacientes más graves y dependientes: <no solo tienes derecho a morir, si lo pides voluntaria y deliberadamente, sino que tienes el deber moral de morir>. Es una coacción normalmente silenciosa, a veces expresada, que erosiona la esperanza del paciente y acentúa la consideración de carga inútil para la familia y la sociedad. Si a ese sufrimiento del alma, se une el del cuerpo por el momento de la enfermedad y, además, la atención médica y asistencial es regular o descuidada, y las circunstancias familiares precarias, tenemos un coctel perfecto para inducir al paciente a solicitar el final de la vida. Los más vulnerables, los que sentirán más la presión, son los de menores recursos económicos, los abandonados de sus familias y los discapacitados. En 2013, Taro Aso, de 72 años, ministro de Finanzas y viceprimer ministro de Japón, sugirió que las autoridades deberían dejar que los ancianos de más de 60 años “se den prisa y se mueran” sin que el Estado pague el tratamiento de los que se encuentran en estado terminal; son una carga innecesaria para las finanzas de Japón. Aseguró que si padeciera una enfermedad mortal, rechazaría los cuidados públicos. “Me despertaría sintiéndome cada vez peor sabiendo que todo está siendo pagado por el Gobierno”, dijo en una reunión del Consejo Nacional sobre la reforma de la Seguridad Social. Sus palabras causaron gran revuelo en el país más envejecido del mundo. Casi un 25% (en España, 7º en el ranking, es el 22,7%) de los 128 millones de japoneses es mayor de 60 años (en los próximos 50 años podrían alcanzar el 40%). El suicidio demográfico genera un desequilibrio poblacional y un futuro incierto de las cuentas…

 

La eutanasia legal, una pendiente resbaladiza

 

Es un hecho que los promotores de la eutanasia legal en nuevos países niegan. La Ley se aprueba con condicionantes muy restrictivos, presuntamente para dar solución a casos extremos especialmente dramáticos. Con el paso del tiempo, algunos no se cumplen y no pasa nada. En Holanda, pe. era deber del médico consultar a otro colega especialista antes de tomar la decisión de la eutanasia como último recurso, y tenía que notificarlo oficialmente. Actualmente, alrededor de la mitad de los casos no se notifican, y en gran parte está causado por la omisión de la segunda opinión. Estos abusos llevan a rebajar las condiciones con sucesivas ampliaciones legales. Y así, la eutanasia acaba establecida como opción normal para casos de pacientes que desean morir, aunque no sean incurables en estado terminal; es admitida su aplicación a enfermos que sufren sufrimientos psíquicos o morales, no solo físicos; hay casos de enfermos inconscientes o dementes incapaces de dar su autorización; y, por último, en menores de edad. El Dr. Manuel Martínez-Sellés (catedrático y presidente del Colegio de Médicos de Madrid) describe esa deriva, que sucesivamente rompe límites “infranqueables” de la ley de eutanasia en Holanda (ref. su libro Eutanasia ed Rialp páginas 27-28).

Si abres la ventana y hay viento, la apertura aumenta, más aún si la ventana está deteriorada. La eutanasia legal contribuye a acentuar el problema. Theo Boer (teólogo protestante y bioeticista) apoyó la ley de la eutanasia en Holanda. Su experiencia en un Comité Regional de Revisión entre 2005 y 2014 le hizo cambiar de opinión: “he formado parte de la Comisión para la Eutanasia en Holanda y os digo: no cometáis nuestro error. La muerte asistida puede empujar a otros a pedirla. El solo hecho de ofrecer la eutanasia crea su demanda”. Al rebufo de la ampliación holandesa a menores mayores de 12 años, Bélgica abrió el debate en el 2013; lo facilitó el resultado de un sondeo: el 75% de la población lo apoyaba. Se aprobó en noviembre de ese año. Esta vez, no se fijaba una edad mínima, sino que se incluía la noción de “capacidad de discernimiento” del menor. Ahora es Holanda la que está deliberando romper la barrera de los 12 años…

En España tal vez no ocurra este deslizamiento, sencillamente porque al paso que vamos no será necesario. Eso es lo que se desprende de las enmiendas que, tanto PSOE y Podemos presentaron el miércoles 14 de octubre en el Congreso a su propia proposición de la LORE. La mayoría de sus propuestas para modificar el actual articulado de la norma están encaminadas a acelerar los procesos, rebajar los requisitos y ampliar todo lo posible la cobertura de lo que han denominado «prestación de ayuda a morir». Veremos en qué termina.

 

El argumento que no admite replica: el derecho a una muerte digna

 

Todos estamos de acuerdo que cualquier persona tiene derecho a una muerte digna, serena, en paz; con una atención médica adecuada que le permita unas condiciones, tanto de dolor físico como de sufrimiento moral, lo más llevaderas posibles, acompañada por sus seres queridos y no abandonada, confortada espiritualmente respetando su libertad de conciencia. La pandemia ha negado muchos de estos cuidados a los que han muerto en estos meses, y ha supuesto un enorme drama. Una muerte digna pertenece al derecho a la vida: nacer, vivir y morir acordes a nuestra dignidad de seres humanos. Esa dignidad es independiente de la calidad de vida. Y muchas veces se olvida. En caso contrario, despojaríamos de su dignidad y valor a personas que padecen graves limitaciones o duros sufrimientos psicofísicos, o bien su calidad de vida se deteriora por edad o enfermedad.

Por desgracia, algunas antropologías afirman que no todos los seres humanos son persona, pe. los retrasados mentales graves y quienes están en coma sin esperanza constituyen ejemplos de no-personas humanas; no son autoconscientes, racionales y capaces de concebir la posibilidad de reprobar y alabar, dicen. Por otra, se ha extendido en nuestra sociedad hedonista, individualista y utilitarista, la idea de que la vida no merece ser vivida en determinadas condiciones. En este punto, es importante recordar que la calidad de vida es un término subjetivo. Hay personas con gravísimas limitaciones que son felices, que tienen una actitud esperanzada y positiva de su situación y son un ejemplo de dignidad humana.

Admitir que existe un derecho a elegir cómo y cuándo morir es otra cuestión. El 30 de septiembre, el Comité de Bioética de España (CBE) deliberó y aprobó, por unanimidad y sin votos particulares, un informe en que rechaza los fundamentos de la LORE. Advirtió que no es válida, porque “existen sólidas razones sanitarias, éticas, legales, económicas y sociales para rechazar la transformación de la eutanasia en un derecho subjetivo y en una prestación pública” (informe en https://cope-cdnmed.agilecontent.com/resources/pdf/9/9/1602226331599.pdf).

Los promotores de la eutanasia magnifican el principio de autonomía. Decidir morir es un derecho del enfermo y un ejercicio valiente de libertad, dicen. La mayoría de aquellos que piden morir, lo hacen movidos por estar pasando por una situación muy penosa, al menos así lo piensan y sienten; están a merced de la depresión y de la desesperación… por el cansancio causado por una larga enfermedad crónica, por agravarse una discapacidad muy limitante, por sufrir una fuerte depresión (hasta un 42% de los pacientes terminales pueden padecer depresión), por estar dominado por el miedo ante el futuro de su enfermedad incurable… En cualquier caso, su libertad está disminuida, su capacidad de comprensión, raciocinio y juicio está debilitada, y su autonomía es deficitaria, precisamente por lo mismo que les lleva a rumiar que su existencia propiamente no se puede decir que sea humana. La merma en la autonomía de estos pacientes se manifiesta en la frecuencia con que fluctúan en su intención suicida y cambian su disposición según varíen sus circunstancias vitales por un adecuado o deficiente tratamiento o por cómo sea cuidado, según sea su impresión de haberse convertido en una carga para los demás, según sea la actitud del médico, según sean las reacciones de las personas cercanas, familiares y amigos; por eso es tan importante rodearles de afecto y cariño, de reconocimiento de su dignidad, de compresión y compañía. Concluyendo, por ser más débiles y vulnerables, deben ser protegidos de manera especial. Y ahí juega un papel decisivo la medicina paliativa. A esta persona dirige Cicely Saunders, la fundadora de los cuidados paliativos, estas palabras: “por muy difícil que sea la situación vamos a estar cerca de ti, porque tú nos importas, porque eres tú y no estamos aquí para ayudarte a morir, estamos aquí para ayudarte a vivir hasta que mueras”.

 

La carta “Samaritanus Bonus”, un documento sobresaliente

 

He dejado esta presentación para el final y he omitido citarlo en la exposición con el fin de dejar claro que resistirse a la eutanasia no incumbe solo a creyentes. Indudablemente el planteamiento cristiano sobre la eutanasia refuerza todo lo que se ha expuesto. Por eso animo a leer esta carta, que califico de documento sobresaliente. Es fruto de un trabajo serio de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El Prefecto, el cardenal Luis Ladaria, explicó en la presentación que, en la plenaria de la Congregación de 2018, concluyeron la necesidad de elaborar un documento sobre el final de la vida. Han profundizado, en particular, en los temas de la atención de los enfermos desde un punto de vista teológico y antropológico, centrándose también en algunas cuestiones éticas relacionadas con la proporcionalidad de las terapias y con la objeción de conciencia, y el acompañamiento de los enfermos terminales.

Sus aportaciones, a partir de la parábola del Buen Samaritano (capítulo I) y de la contemplación de los sufrimientos de Cristo en la Cruz (capítulo II), son muy necesarias para recordar nuestra vocación al amor manifestado en el arte de cuidar, en especial al que sufre. Propone educar el corazón (capítulo III) capacitándolo para ver dónde hay necesidad de amor y obrar en consecuencia, para que podamos decir: “La vida es siempre un bien”, un don precioso a custodiar y acrecentar y del cual, finalmente, rendirle cuentas a Dios, nuestro creador y padre amoroso. Nos advierte de tres factores culturales (capítulo IV) que se dificultan a este hacerse cargo del enfermo. Y, acaba con 12 casos que se plantean en el acompañamiento al final de la vida (capítulo V).

Desconocer y dejar de aportar estas luces sería una triste omisión por nuestra parte. “La miseria más grande es la falta de esperanza ante la muerte”. Y su remedio es la buena nueva que Jesucristo, buen samaritano del hombre, nos revela. “El Evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes: es para todos” (Juan Pablo II, Evangelium vitae, n. 101). Depende de nosotros que esta luz lo sea de cuantos quieran escucharnos.

 

Autor: Alberto García-Mina Freire

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